sábado, 12 de junio de 2010

Los jardines y las aguas de Loja


A mediados del siglo pasado la familia Narváez, íntimamente ligada a la historia contemporánea de Loja, mandó edificar una casa de retiro, una quinta de recreo no muy lejos del lecho del río Genil. La casa estaba a las afueras de la población, próxima al paraje de los Infiernos bajos.

El general Ramón María Narváez (1800-1868), el Espadón de Loja, que sirvió como político y militar a la reina Isabel II, fue hombre de gustos refinados. Amante de la literatura, de las artes y la botánica, dispuso en torno a su casa de campo un delicioso jardín alfombrado de mil y una plantas, ejemplos de rarezas y exotismos que tan de moda estaban por aquellos años.

Los diseñadores del jardín establecieron un curioso orden escénico donde fuentes y arbustos mantuvieran un equilibrado y armonioso diálogo entre la naturaleza y el hombre. Esta disposición fue resuelta a modo de un museo botánico al aire libre, un parque escenográfico donde ensalzar las máximas del reposo y la contemplación.

Pasado siglo y medio de su construcción, el Jardín de los Narváez no ha perdido encanto. Los años se han posado sobre él de manera generosa. Sus calles, recovecos, ángulos y perspectivas proyectan evocación y musicalidad. Ahora, en la casa de recreo de los Narváez están construyendo un hotel rural, una hospedería cuya clientela disfrutará de la amenidad de estos espacios verdes cubiertos por árboles frutales y arbustos del Mediterráneo.

Las entrañas de Loja están surcadas por una enmarañada red capilar de caudalosos acuíferos. De todas partes brotan manantiales que alimentan fuentes y caños. Al Jardín de los Narváez llegan caudales que no se secan ni en los días más calurosos del verano. Las fuentes dan a espacios umbríos y húmedos donde el musgo es alimentado durante todo el año.


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